Observo tu espalda como aquella terminación de un país a la cual nunca llegaré. Es tan delgada que cada una de tus vértebras conforma un edificio curvo imposible de construir. Te admiro completa mientras duermes pues sé que cuando despiertes, te pondrás nuevamente la ropa y te irás. Eres tan dulcemente despreciable que lo sabes. Y lo utilizas.
Recuerdo aquel día en que estábamos lejos de la ciudad en ese hermoso campo verde bajo el único árbol que daba sombra. Me miraste profundamente con tus ojos y dijiste: Todos somos raros, no tienes de que preocuparte. Yo muy sorprendida, pregunté porque dijiste eso. Tú solo largaste a reír. Creo que debí haber captado la señal antes, de que nunca llegaría a conocerte, menos a entenderte y que por fin cuando ya no me necesitaras te irías.
Una de mis manos se atrevió nuevamente a tocar esa espalda blancucha. Iba con cuidado, pues no quería que despertaras. Suavemente con una de mis manos recorrí tu dorso hasta llegar a aquellos orificios que te hacen más mujer. Te quejas delicadamente y me asusto. Dejo de tocarte y me pides que siga, que te relaja aquello. Entonces como buen amante continuo. Mientras te acaricio, se viene imágenes de como te conocí.
Llevabas un pañuelo gris en el cuello para tapar aquellos moretones que te hacía aquel a quién debías cumplir. Yo sostenía un paraguas rojo mientras llevaba casi media hora en el paradero junto a ti. Hacía frío y tú solo tenias tu chaleco delgado. La lluvia se hacía más intensa y casi a la similitud de ésta comenzaron a correr gotas por tus ojos. Me percaté de ello, pero no quise interrumpir, más lo único que hice fue ponerte bajo mi paraguas. Te sorprendiste y en agradecimiento me liberaste una pequeña sonrisa de esa boca con maquillaje corrido. Entonces fue cuando te hablé y ya la micro no nos (me) importo. Fue así, como si nos hubiese conocido de siempre que entablamos una conversación, que posteriormente seguiría en el café de la esquina. No profundizaste en tu dolor, pero yo si en tu alma. No te diste cuenta que con solo mirarte ya quería leer cada parte de tu mente. Quería conocer cada recuerdo bueno y malo.
Estuvimos largas dos horas cuando ya nos percatamos que era tarde y entonces pregunté que harías. Tú confesaste que debías "correr" a casa. Y todas tus lágrimas, tiritones, caras tristes y ojos perdidos retumbaron mi cabeza y decidí hacer un acto que me traería las consecuencias en las que estoy ahora.
Levanté mi brazo hacia la calle y llamé el taxi, te dije entra!. Sin preguntar te metiste con un cara de asustada que no fue impedimento para seguir. Le dí las indicaciones al chofer y te tomé la mano. Tu sólo la acogiste como si fuese un abrazo muy apretado. Sentí como la estrechabas tan fuerte por que el miedo que había dentro de ti era tan espeso, pero tus alas de libertad afloraban por esa espalda delgada.
La noche nos había consumido. La lluvia cesado. Encontré un ángel caído con las alas rotas y era hora de repararlas...

