Estoy en una habitación que desconozco, son paredes que no recuerdo. Y la más fría de las nieves cae por mi ventana. Me siento sola, desprotegida y triste. Ya habían pasado años de la última vez que la ví. Y aún la rabia me consumía en ciertas noches de melancolía cuando pensaba en aquella vez que me fui.
Era tarde, quizás 11 de la noche y llegaba de una larga jornada de trabajo, sólo deseaba verte y abrazarte mucho. Pero ahí estabas tu, fumandote un cigarro sentada en el sillón y mirando hacia la ventana. Me preguntas como estoy yo te respondo con un beso, el cuál rechazas. Temí en ese minuto de que no sería una agradable conversación. Entonces empezó tu bombardeo de preguntas que ni yo había pensado en plantear. Escuchaba tanta mierda quitamente sufrida, que me sorprendía. Logré por un momento decirte ¡cállate! y tu sorprendidamente me lo cumpliste. Entonces te dije que te amaba, pero que ya no aguantaba más y que sólo quería arrancar lejos de todo y todos. Inclusive de ti. Que sabía que vivirías, y que pronto tu vida volvería a ser la de antes.


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